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Curiosidad y evolución.

La curiosidad es una característica que puede observarse en todos los mamíferos.
En particular este atributo se manifiesta en las crías y es un método que sirve para la dura tarea del aprendizaje, fundamental para la superivencia de los mamíferos.
En general cuando los animalitos llegan a la madurez, la curiosidad se atenúa, probablemente debido a la experiencia acumulada, que les permite  tomarse la vida con un poco de soda.
En los mamíferos la conducta estereotipada está reducida al mínimo, si se la compara con la de otras clases o filos, como los reptiles o los artrópodos.

En el Homo sapiens se produce un proceso singular, que muchos científicos describen como neotenia.
La neotenia es la retención de características juveniles en el individuo adulto, características juveniles que se encuentran en la edad infantil en las especies cercanas en términos evolutivos, pero que en la especie en cuestión se manifiestan también en la vida adulta.

Este fenómeno no es privativo del ser humano, se observa también en muchas otras especies animales. Tal vez el bicho más conocido que porta esa característica es el axolote (Ambistoma mexicanum). Este anfibio, que parece la cría de una salamandra o aún un renacuajo, mantiene esa forma juvenil cuando llega a adulto, es decir queda como congelado en el tiempo ontogenético.

Hay una suerte de retraso en el crecimiento y por lo tanto la madurez cronológica no se condice con la madurez esperada, pero eso de ningún modo implica una desventaja o un handicap, todo lo contrario, la selección a la que fueron sometidas esas especies es suficiente prueba de su éxito en términos evolutivos.

En el ser humano se identificaron cerca de 30 características neoténicas.
Entre las más notables encontramos la ausencia de pelo en casi todo el cuerpo, el enorme tamaño de la cabeza en relación al resto (parece que no nos damos cuenta pero somos terriblemente cabezones), la cara pequeña en función de la cabezota, el hocico hundido y no salido, etc.

Entre las características neoténicas no físicas, o al menos no localizadas en un órgano específico, nos encontramos con la conducta no estreotipada y dentro de ella con la que nos interesa aquí, la curiosidad.

En el Homo sapines existe lo que conocemos con neofobia y neofilia; conviven en nosotros una tendencia a quedar fascinados por la novedad, pero al mismo tiempo contenemos la semilla del conservadurismo, rechazando lo nuevo. Esta aparente contradicción se manifiesta principalmente en la conducta alimentaria y la compartimos con otros animales onmívoros.
La tensión entre ambas conductas tiene que ver con la condena a la diversidad a la que están sometidos quienes, como nosotros, necesitamos comer de todo para conseguir los nutrientes necesarios. Por un lado es necesario probar nuevos alimentos, por el otro la novedad encierra peligros mortales.

Pero la curiosidad va más allá del comportamiento alimentario. Tanto en las crías de los primates, y de otros mamíferos, como en nuestra propia especie, la curiosidad es una conducta en sí misma.
Es la capacidad de querer conocer, de saber cómo funcionan las cosas. Es la intriga asesina que nos carcome hasta tanto no hayamos obtenido una respuesta, es, en definitiva, el amor al saber y al estudio. En el resto de los mamíferos no tiene, tal vez, las características abstractas que señalamos, como el amor al saber y al estudio, es decir lo que comúnmente llamamos filosofía.
Simpemente poseen, sobre todo cuando crías (y lo vemos a diario en nuestros gatitos y perritos), una atracción irresistible por aquello que logra llamar su atención y que los motiva a no parar hasta desarmarlo (o no siendo tan condescendientes hasta romperlo).

La curiosidad en el humano nunca se detiene. Trasciende las edades y se mantiene intacta hasta el final de los días.
De este modo encontramos ejemplos de gente que en el última tramo de su vida se pone a estudiar, o científicos, artistas y emprendedores que no dejan nunca de sentirse estimulados a continuar aprendiendo, atreviéndose incluso a poner en dudas sus propias certezas. La curiosidad cumple un papel fundamental en el desarrollo de los individuos; es la herramienta principal contra el gran mal de la humanidad, que es la ignorancia de la ignorancia.

Es cierto también que muchas veces los procesos de socialización tienden a adormecer esta maravillosa característica humana.
Vemos gente (¡nosotros mismos!) que teme salir de la confortable comodidad del conocimiento ya adquirido, hundiéndose en su propia cárcel de seguridades cognitivas.

Hay que animarse a dudar de lo que nos parece certero. Imitar, ya que somos primates, a los niños, quienes siempre mantienen la frescura de la curiosidad genuina, sin dobles intereses u objetivos espurios, sino manifiestando un verdadero placer por lo desconocido.

Autor:
Diego Diaz Cordova
Docente Universidad de Buenos Aires
Lic. en Antropólogía
Director de Tecnología del Equipo de Zonapediatrica.com y de Citaldoc.com



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