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EDUCACIÓN “VERSUS” INTOLERANCIA para un Mundo en Crisis

Dra. Miguela Domingo Centeno - Filósofa
Staff de Zona Pediatrica



 


El surgimiento de la Idea de Tolerancia es uno de los rasgos característicos de la modernidad.
Históricamente, la ruptura de la unidad religiosa que significó la Paz de Westfalia (1648) provocó el enconado intento de justificar, por parte de los denominados primeros filósofos de la tolerancia y de la libertad religiosa, el respeto a la diversidad de creencias.

Aparecen interpretaciones de Lessing, Kant y Mill, cada uno de los cuales ofreció distintas justificaciones y significados del concepto de tolerancia. Lessing, por ejemplo, publicó en su madurez un drama filosófico titulado Natán el Sabio (1779); que no sólo conmocionó al público de su época sino que trascendió un influjo enorme en las sociedades modernas.

Esta pieza teatral, que sitúa la acción en Jerusalén durante el tiempo de la tercera cruzada, es decir, en uno de los momentos históricos más álgidos de mutuo exterminio en nombre de Dios y la Biblia por parte de las tres religiones monoteístas, denunciaba que ser humano es antes que ser cristiano, judío o musulmán.

De tal manera que el mensaje final de la obra es un canto a la tolerancia y al valor de cada persona independientemente de su raza, cultura o religión.
Lessing afirmará, con oportunidad, sus convicciones sobre el progreso moral de la humanidad justamente en el desarrollo de su capacidad de convivencia tolerante, ilustración, educación y religión de la razón.

Precisamente la “religión de la razón” va a ser uno de los momentos fuertes del decisivo impulso de la tolerancia en la sociedad española de nuestro siglo, traída de la mano de Francisco Giner de los Rios (1839-1915).

Pretendió llevar a la Educación un término medio entre la ciega hostilidad a determinadas religiones y la ciega adhesión a ellas, mediante lo que él consideraba la verdadera formación de la conciencia religiosa, no adscrita a ningún credo determinado.

En una carta dirigida a Unamuno, fechada el 22.XII.1899, le dice: “siempre he deseado que mi enseñanza y mi vida entera fuera obra de neutralidad, de tolerancia ...” (véase en GÓMEZ MOLLEDA, D, 1981, Los Reformadores de la España Contemporánea, CSIC, p. 113-114)
Gracias a la tolerancia, desde la creencia en la única respuesta correcta basada en una ideología política o religiosa autoritaria, es posible pasar a una sociedad libre, con impulso de la autonomía personal y relevancia de la conciencia, de la iniciativa moral personal y con la hegemonía de la razón. Es la razón de la re-humanización.

Efectivamente, la modernidad es sobre todo expresión de esa dinámica, un mosaico de procesos de liberación intelectual, económica y política, que representan el paso de la oclusión a la apertura. En ese proceso de civilización ha jugado cada vez un papel más relevante la Educación y la Formación Cívica.

Un siglo después, Gregorio Peces Barba, buen conocedor de la época histórica en que surgen las declaraciones de derechos humanos y los grandes textos sobre la tolerancia, concluye que el paso de las sociedades cerradas a las sociedades abiertas es posible gracias al impulso de la autonomía personal y relevancia de la conciencia, de la iniciativa moral personal y hegemonía de la razón (re-humanización) (véase PECES BARBA, G, 1982, Tránsito a la Modernidad y Derechos Fundamentales, Ed. Mezquita, Madrid)


Y, en fin, como dice Elsie Wiesel, Nobel de la Paz, la intolerancia lleva al fanatismo y el fanatismo asociado al poder conlleva
funestas consecuencias como la manipulación, la violencia y la guerra.
Por el contrario, al aproximamos al concepto de tolerancia se nos aclara la verdad desnuda del hombre.

Por  iniciativa de la UNESCO, 1995 fue declarado Año de las Naciones Unidas para la Tolerancia, y en su transcurso se realizó una campaña mundial en favor de la tolerancia y la no violencia.

El desarrollo de la tolerancia y la confianza en las diversas comunidades no se logra de la noche a la mañana; es algo que requiere tiempo y esfuerzos.
Establecer la tolerancia supone el acceso a la educación.

La intolerancia suele tener sus raíces en la ignorancia y el temor: temor a lo desconocido, al "otro", a otras culturas, religiones y naciones.
La intolerancia está también estrechamente ligada a un sentimiento exacerbado de autoestima, nociones enseñadas y aprendidas a edad temprana.

Por tanto, en los próximos años tenemos que hacer más hincapié en educar a los niños acerca de la tolerancia, los derechos humanos y las libertades fundamentales.

Pero no debemos olvidar que la educación no termina en el aula, y que los adultos -en primer lugar como personas capaces de cometer actos de intolerancia, pero sobre todo en su calidad de padres, legisladores y encargados de la aplicación de la ley también han de estar entre los principales destinatarios de nuestros esfuerzos educativos.

Si bien el problema de la intolerancia es mundial, en cuanto está aumentando en muchas partes del mundo, las manifestaciones de intolerancia generalmente adoptan formas locales o nacionales.

Así, para ser eficaces, las normas mundiales contra la intolerancia tienen que combinarse con medidas locales, nacionales e individuales.En noviembre de 1998, la Asamblea General de las Naciones Unidas proclamó el año 2001 "Año de las Naciones Unidas para el Diálogo entre las Civilizaciones". La Resolución GA/RES/53/22, invita “a los Gobiernos” y a sus diferentes  sistemas , a planificar y llevar a cabo los correspondientes programas culturales, educativos y sociales con vistas a fomentar el concepto de diálogo entre las Civilizaciones.

La celebración del Año de las Naciones Unidas para el Diálogo entre las  Civilizaciones brinda la oportunidad de recalcar que el actual proceso de globalización no sólo engloba los aspectos económicos, financieros y culturales, sino que también debe concentrarse en las dimensiones humanas, culturales y espirituales, así como en la interdependencia del género humano y en su rica diversidad.

La globalización y la consiguiente libre circulación de ideas y de seres humanos permiten un encuentro sin precedentes entre individuos, sociedades y culturas, pero también afectan profundamente a los modos de reglas de comportamiento, a los procesos de toma de decisiones y a los métodos de gobierno, a la creatividad y a las formas de expresión.

En contra de esta realidad dinámica, se plantea la necesidad de un compromiso renovado para promover y desarrollar la cooperación y la comprensión internacional sobre la base del reconocimiento de la igual dignidad de los individuos y de las sociedades, así como del carácter único de sus contribuciones al progreso del hombre.

La contribución de la UNESCO a la promoción del diálogo entre las civilizaciones y las culturas es un componente clave de la misión y de las actividades de esta organización.

La Constitución de la Organización establece que “la paz debe basarse en la solidaridad intelectual y moral. Lo propio de la educación es ganarle al porvenir la batalla del pesimismo y la desesperanza”.

Aprender para el siglo XXI (Programa de la UNESCO) señala, en concreto, la necesidad de “aprender a ser”, por un lado, y “aprender a vivir juntos”, por otro, como ejes principales de una educación en la tolerancia que mire el futuro en clave de esperanza.

Una mirada rápida a la sociedad contemporánea nos presenta a los medios de comunicación como una de las fuentes de aprendizaje más importantes de la manipulación y la violencia (comentado en la obra de PÉREZ SERRANO, G, 1997,  Cómo educar para la democracia, estrategias educativas, Madrid, Ed. Popular); de tal manera que ya desde pequeños existe una brecha abierta entre grandes deseos de consumo y una escasa capacidad material de satisfacerlos (véase nº 272 de Cuadernos de Pensamiento)

La verdad de la violencia es que siempre es fruto de la manipulación, porque para maltratar a una persona, física o síquicamente, antes es preciso rebajarla de su condición humana a la cosificación propia de los objetos, es decir, manipularla.

Todo lo contrario de la actitud que despliega la persona tolerante, como deduce lúcidamente Alfonso López Quintás en un reciente ensayo: “el antónimo de la tolerancia es la manipulación, de manera que lo que de verdad le  hace falta a la Pedagogía es saber educar para una verdadera tolerancia, o lo que es lo mismo, saber educar para rechazar la violencia y la manipulación de todo tipo.

Pero el hombre que conoce con precisión la hermosura de un bosque en primavera, la hermosura de las flores, la maravillosa complicación de cualquier especie animal, es imposible que dude del sentido del mundo” (LÓPEZ QUINTÁS, A (2001); La Tolerancia y la manipulación, Madrid, Rialp, págs. 39-41) En este ensayo de filosofía de la educación, el autor trata con esclarecedora profundidad y rigor el preocupante tema de la manipulación a todos los niveles en la sociedad. Para ello, movilizarse
es otro tema de importancia decisiva: “manipular es el antónimo de ser tolerante”.

Efectivamente, hoy si cabe con mayor razón, la convivencia pacífica en la escuela pasa por cultivar el espíritu de la no manipulacióny de la libertad de denunciar a los manipuladores.

El clima de crispación y de violencia escolares tiene su raíz explicativa más simple en la lógica de la manipulación vencer sin convencer y reducir a los demás en medios para sus fines.
Partimos del mundo violento que hay, pero con la tarea ilusionante de transformarle en el que debe haber merced a nuestra profesión de educadores.

Si la sociedad y la escuela quieren abordar eficazmente el fenómeno de la intolerancia y la manipulación, para empezar deben tratarlas como pertenecientes al pasado y no al futuro.
En educación siempre es preciso descubrir nuevas vetas, nuevas vías,nuevas ilusiones que nos alejen del amenazante y viejo problema de la violencia, y si en el momento presente poco a poco se abre paso el optimismo y la esperanza, es en gran medida gracias a la Educación en los valores.

Además, conviene reparar en que no todos entienden lo mismo por violencia.
Para la mayoría, la violencia está en los hechos más gruesos y evidentes: homicidios, violaciones, secuestros, atentados terroristas... casos abiertamente crueles.

Para algunos, más sensibles, la violencia existe también oculta en forma de intolerancia y manipulación, incluso está legalizada. Formas ocultas de violencia, aparte las múltiples caras que adopta la intolerancia sutil incluida la discriminación por razones racistas o xenófobas, serían todas aquellas que emanan de contextos sociales injustos: exigencias inhumanas que conllevan al paro, al bajo nivel cultural, al salario “basura”... La violencia y la paz, la intolerancia y la tolerancia, son posturas ante la vida irreconciliablemente opuestas.
Ahora bien, la adopción de posturas tolerantes y no-violentas no debe significar asunción de las situaciones injustas y opresivas, ni tampoco resignarse ante la prepotencia de los poderosos.

Es preciso educar en el compromiso personal de luchar contra todo aquello que alimenta la violencia en el mundo y pisotea los derechos humanos. El reto, por tanto, no es el de si se lucha o no se lucha contra la violencia, sino el de utilizar métodos y medios pacíficos, no-violentos, que se aprenden sobre todo en la Escuela de la tolerancia.


Mediante la denuncia sistemática de los intolerantes y de quienes extorsionan y violan los derechos humanos y el compromiso por hacer evolucionar las situaciones de injusticia y de violencia institucionalizada, mediante una elevación del nivel educativo y cultural de los más necesitados, es decir niños y adolescentes los primeros, es a la muy larga eficaz.

Una revolución no-violenta es un proceso educativo, sin duda más largo y difícil, pero también más humano y, sobre todo, digno de sentar bases duraderas de paz, es decir de verdadera justicia.

Si las raíces de la violencia crecen en los propios sistemas políticos y económicos más avanzados, el reto de nuestras sociedades está, mediante la Educación, en la verdadera tolerancia, en la erradicación de estas raíces y en la creación de una comunidad mundial, en la que miles de hombres no se sientan excluidos o marginados del bienestar y la cultura, ni en su dignidad de personas humanas.

En los países democráticos, está claro que el único camino que puede llevar a una mayor justicia social en el plano nacional e internacional es el de las reformas pacíficas y educativas.
Pero reformas reales y estructurales, no maquillajes desde el poder. Reformas que incidan en la realidad de forma sustancial, no meramente superficial, y sean perceptibles por la mente y el corazón de las personas. Ciertamente es un largo y difícil camino -la paz tiende al infinito- puesto que todo cambio, por sí, tropieza con obstáculos y barreras.

El ser humano es capaz de pensar y tener principios éticos, pero no es capaz de aplicarlos en toda su pureza. Su actividad será, así, la de la constante insatisfacción
ante una realidad inhumana y mísera. Insatisfacción que, pese a todo, le permite agarrarse aun ,sin embargo, a la esperanza por mejorar nuestra realidad insatisfactoria.

El origen de la guerra y la violencia está en la naturaleza humana y en un poder político que es la expresión evidente de esa naturaleza ambiciosa y corrupta.

Su fin no podrá venir sino por la transformación de esos mismos poderes políticos cuando se convenzan de que la paz es un deber ser irrenunciable, y actúen en consecuencia.

Pero no es lícito abandonar la cuestión y dejarla en manos de un poder que tiene sus leyes y sus fines ajenos a nosotros.
La ética es el modo de comprometer a todos en la realización de un mundo mejor, por la formación del carácter de cada individuo, la transformación de las actitudes y comportamientos, la crítica, la exigencia de reformas y de cambios.
Y ésa es la función del ciudadano, que, como ciudadano, ha de hacer suya la responsabilidad de la agresión, la violencia y la guerra. La educación para la paz es una urgencia que no puede ser abandonada.

Para ello, hay que situar la paz en el contexto en que queremos defenderla, precisar bien su significado. Pues si sólo entendemos por paz la llamada “paz negativa”, la ausencia de guerras y conflictos armados, gracias a los ejércitos, armamentos y mecanismos de defensa arbitrados por los diferentes Estados, poco podremos hacer por esa paz.


La violencia está, sin duda, en el terrorismo y en los conflictos armados, pero está también en las relaciones sociales, en el cine, en la televisión, en las actitudes sexistas, etnocéntricas, xenofobias, clasistas, en la interpretación de la historia que dan los libros de texto, en los cómics y dibujos para niños.

Pese a que acabó la guerra fría, el mundo actual es escenario de una serie de tensiones y desequilibrios profundísimos, que demandan casi naturalmente respuestas violentas porque son inaceptables.

La desigualdad entre el norte y el sur, o la precariedad en que se encuentran los países excomunistas, o ... , son la causa de crecientes migraciones mal aceptadas por los países desarrollados.
El mercado de trabajo ha creado una situación en la que sólo una franja de élite, que no son ni jóvenes ni jubilados, es aceptada en los órganos de poder, produciendo en los otros apatía y desafección en la participación ciudadana.Todos deberíamos sentir vergüenza con esa lacra social, todos nos sentimos avergonzados y responsables, aunque sea mínimamente, de que el fenómeno de la pobreza, la analfabetización el terrorista y el fenómeno bélico se mantengan en sociedades que decimos  “civilizadas”; debemos adoptar una actitud que se manifieste ante tales fenómenos y tal  es la prueba de la responsabilidad ética.

Sólo desde esa convicción, la convicción de la inmoralidad radical absoluta de los medios violentos, tiene pleno sentido hablar de la necesidad de educar para la paz.

Pues, a fin de cuentas, hay que reconocer que tenemos la política que nos merecemos o la política que toleramos a nuestros políticos. En junio de 1993, la Conferencia Mundial sobre Derechos Humanos de Viena reconoció, en su Declaración final, la importancia de la educación en la promoción de la paz, en la tolerancia y en la comprensión entre los pueblos, e instó a los gobiernos y a las organizaciones no gubernamentales a desarrollar planes concretos en estos campos.

Para educar para la paz hay que convencerse de que la impotencia -indudable- no puede ser un obstáculo que nos condene a la inmovilidad y a la aceptación de lo que hay. Los educadores saben que la educación no es una tarea que pueda emprenderse con el objetivo de obtener resultados claros e inmediatos.
La educación ha de proponerse transmitir una visión del mundo, unas creencias, hacer que se interioricen unos valores, que, inevitablemente, se verán contaminados por la integración en una sociedad que “pasa de ellos”. Hay que seguir diciendo que no es lícito una gran parte de lo que ocurre.

El grito “no es justo que así sea” es algo que -como dijo Kant- no podemos dejar de exclamar aun cuando todos los todos los hechos se pongan en contra de nuestros ideales. No es posible dar recetas ni fórmulas que resuelvan el problema de cómo educar para la paz. Sí que se ve, en cambio, unos grandes campos de acción y de actitudes a tomar absolutamente necesarias:


1. El educador ha de perder el miedo a manifestar sus puntos de vista y sus ideas ante lo que mundialmente ocurre, a criticar algo que juzgue criticable. Hacerlo no es incurrir en dogmatismo. Lo ha dicho muy bien Hanna Arendt al analizar la crisis de una educación excesivamente “débil” y vacía de contenidos: para educar hay que enseñar cosas, transmitir conocimientos, dar a  conocer, sobre todo, lo que no queremos que se pierda ni que desaparezca, aunque sólo sean ideales.

2. Hay que combatir la violencia visible y manifiesta en los programas y espectáculos actuales: cine, televisión, cómics. Combatirlos quiere decir, sobre todo, criticarlo, contribuir a crear una opinión contraria a determinadas diversiones.
El maestro o el profesor tienen el privilegio de la palabra, y es una responsabilidad no utilizarla para algo más que enseñar matemáticas o lengua.Otra violencia visible y manifiesta es la que transmiten los libros de texto con interpretaciones de la historia, de las relaciones internacionales, del tercer mundo, partidistas y simplistas.

También esa ligereza o docilidad a una forma distorsionada de ver las cosas puede ser combatida desde la autoridad de unos profesores que recomiendan y obligan a comprar determinados libros de texto.

3. Existe una violencia y una agresividad oculta, pero indiscutible, en manifestaciones racistas, sexistas o clasistas que se dan en la sociedad en general, y en la escuela como reflejo de aquélla.

Tomar conciencia de esas actitudes, de su verbalización, de los enfrentamientos que producen, de posibles comportamientos, es el primer paso -y quizá el más importante- para socializar a los niños y niñas en la no violencia.

4. Educar para la paz es educar en la internacionalización, la tolerancia y el reconocimiento en la diversidad. Conviene, por tanto, evitar a toda costa que los nacionalismos, hoy en auge, se conviertan en causa de enfrentamientos sin fin.

Sólo es lícito el concepto de nación capaz de articularse coherentemente con la actitud de apertura y respeto a los otros. Las identidades culturales sólo son válidas y positivas si constituyen una fuente de seguridad que no se base en la exclusión sistemática de otras culturas

.5. La violencia está reñida con el lenguaje, el diálogo y la argumentación. Los sistemas educativos, cada vez más técnicos y menos humanísticos, no ayudan a formar personas capaces de resolver sus discrepancias haciendo uso de la palabra y, en consecuencia, de la reflexión y el pensamiento.

La enseñanza actual, pragmática en exceso y con miras a la inmediatez y a resultados contables, equipa mal a unos niños, niñas y jóvenes que, dentro de poco, tendrán que empezar a mover las piezas de la existencia propia y ajena.

Sólo una educación que sepa obviar las exigencias más perentorias, pero también más perdurables, de nuestro tiempo, logrará atisbar su objetivo básico: enseñar a vivir bien.
La Paz es la única que produce frutos duraderos y no sienta las bases de nuevas situaciones de injusticia.La opción de la no-violencia en la lucha por la justicia y la opción del respeto en tolerancia a los demás requieren actividad creativa y coraje.

No es fácil, ni carece de riesgos, ya que la violencia de los prepotentes reacciona con mayor virulencia precisamente cuando se la ataca con métodos no-violentos, dándose cuenta de que es entonces cuando corre mayores peligros. Sin embargo, el no responder con la violencia es la forma más humana y eficaz de acabar con ella

.“La verdadera tolerancia no es mera permisividad, dictada por el afán de garantizar una mínima convivencia; no supone aceptar que cada uno tiene su verdad y que la forma de pensar viene determinada por el hecho de pertenecer a una generación o a otra; no se reduce a afirmar que se respetan las opiniones ajenas, aunque no se les preste la menor atención.

La auténtica tolerancia “se conquista” sobre todo en la búsqueda sincera de la verdad” (LÓPEZ QUINTÁS, A, La Tolerancia y la Manipulación, 2001, particularmente el capítulo “la tolerancia y la búsqueda en común de la verdad”, pp.19-40).

Con frecuencia la tolerancia es mal entendida y se la identifica sin más con el relativismo y la ausencia de convicciones propias. También se la entiende mal cuando la tolerancia rebasa sus límites, y entonces se convierte en tolerancia absoluta, es decir se convierte en autodestructiva derrota.
El auténtico tolerante no es una persona “blanda” que se pliega ante cualquier idea o conducta porque en el fondo no se compromete de verdad con ninguna.

Antes bien, es una persona que se entusiasma y vive con pasión un ideal, pero acepta a los que viven otros ideales.

En la base de la auténtica tolerancia está una forma amplia de ver a cada hombre como un complejo ser de aspectos y relaciones complementarias y, por tanto, enriquecedoras. No ve en los demás contrarios opuestos, sino contrastes complementarios.

La actitud tolerante y pacífica, o sea la actitud de llegar a ser personas libres de verdad, también se enseña. Implica madurez personal, y esta no se logra con el mero exigir unos “mínimos de convivencia”; llegar a ser tolerante requiere todo un Proceso Educativo en Creatividad y Valores, que se vive sobre todo desde la Familia y la Escuela.

Es un ideal educativo muy actual que autores como  López Quintás vienen defendiendo con ardor en las últimas décadas: “no puede hacerse la ilusión de ser tolerante una sociedad que descuida la educación de las gentes en la creatividad y los valores” (nuestro autor ha creado en España la denominada “Escuela de Pensamiento y Creatividad”, un proyecto formativo creciente que cuenta con Centros en varias ciudades españolas y de Hispanoamérica). Así, pues, educar para la paz, en todos los niveles y aspectos de la vida, equivale a fomentar la tolerancia y la solidaridad. Vivir en paz significa más que carecer de enfrentamientos, implica fundar armonía y colaboración.

Hay paz cuando se crean entre diversas personas modos de convivencia estables y fecundos.

Esos modos de convivencia son estructuras que marcan un cauce de acción que, por una parte, limita en cierta medida nuestra libertad y, por otra, la impulsa hacia su pleno desarrollo:

1. Toda persona tiene unos derechos ineludibles (a la vida, a la seguridad alimentaria, al trabajo, a la educación, a la salud, a la vivienda, a la protección social, etc.). En ellos se traduce la exigencia de resolver las necesidades fundamentales de cualquier persona. Su disfrute debe ser el eje prioritario sobre el que definir cualquier acción.

El principio de hacer realidad los derechos humanos fundamentales es el primer principio que debería vertebrar las medidas de lucha contra la pobreza en el mundo.

2. Existe una responsabilidad global que no se puede eludir. La relación entre los niveles de vida despilfarradores y los que se caracterizan por la carencia absoluta altera las bases sobre las que se debe actuar.
El principio de solidaridad entre personas, pueblos y generaciones presentes y futuras debe vertebrar la respuesta conjunta ante los grandes problemas que inundan el mundo.


3. La universalización del desarrollo social ha de hacer hincapié en la idea de que la satisfacción de necesidades constituye un derecho de todos los ciudadanos, que se debe hacer compatible con el derecho de las generaciones futuras.

El principio de la universalización del desarrollo y el principio de la sostenibilidad deben arbitrar los modelos de desarrollo alternativos que se construyan para combatir la pobreza.


4.
No se puede esperar que los problemas se solucionen por sí mismos.
Cualquier aplazamiento en los objetivos de lucha  agrava la problemática.

El Estado debe cumplir un papel  prioritario  en las tendencias de exclusión y desigualdad que se desarrollan en sus sociedades.

Me gustaría haber logrado mi propósito de desarrollar el proyecto de hacer de la Educación una Ética mundial y mostrar una visión realista de futuro, capaz de mostrar claramente los rasgos de un mundo más pacífico, más justo y más humano.Le toca a la generación joven poner en constructiva- práctica, con gran decisión, el proyecto de futuro.

El futuro tiene muchos nombres, dice Victor Hugo:


 “Para los débiles es lo inalcanzable.  Para los tímidos es lo desconocido.  Para los valientes es la oportunidad”.
 

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