filesmonster.biz
Enviar contenido

Libreta de salud infantil familiar digital





La falsa autoridad de la infancia

Autor: Diego Diaz Cordova
Antropólogo / Director de Tecnología Informática de Citaldoc.com y Zonapediatrica.com
A finales de la dédada del '30, la doctora Clara Davies presentó una ponencia en la Canadian Medical Association, en donde mostraba los resultados de un trabajo que había realizado en un orfanato de la ciudad de Chicago durante largos 5 años.

En él se demostraba como los niños que habían sido sometidos al experimento de permitirles escoger la comida, lo habían hecho siempre en una forma equilibrada.

El supuesto que guiaba el estudio, muy propio de aquella época, asumía que los niños, en su inocencia, venían con el conocimiento necesario para comer en forma equilibrada. Es decir, se daba por probado, que existía algo así como un instinto de saber comer y que en todo caso se ponía en tela de juicio las normas que la medicina indicaba para el buen crecimiento del infante.

El estudio demostró poseer algunos defectos fundamentales, que invalidaban los hallazgos. Cabe aclarar que la propia investigadora era consciente del sesgo, aunque de cualquier manera presentó los resultados. La clave que desbarató toda la argumentación radicaba en que los alimentos que les daban a elegir a los niños, eran todos considerados sanos. Había una variedad de comidas de diversos tipos: carnes, frutas, verduras, lácteos, etc.; pero eran todos alimentos elegidos de entre los recomendados por las diferentes asociaciones científicas.
El trabajo mostraba que los niños tenían, en ese contexto, una cierta aversión a la monotonía, ya que tendían al equilibrio alimentario, eligiendo siempre diferentes alimentos.

La gran pregunta que surgió fue, ¿qué hubiera pasado si a los niños en ese experimento se les hubieran ofrecido alimentos chatarra?. ¿Qué huberan preferido si al lado de una fruta se les hubiera ofrecido una golosina?. La respuesta, desgraciadamente, la vemos a diario y los datos antropométricos del mundo actual lo demuestran. El sobrepeso y la obesidad están aumentando en forma alarmante entre la población infantil, sufriendo en el proceso enfermedades que hasta hace poco tiempo eran exclusivas de los adultos, como la hipertensión o la diabetes. Y las principales causas de esa epidemia son claramente los alimentos cargados de azúcares o grasas y por supuesto las bebidas endulzadas.

En la actualidad muchos padres, aún sin conocer siquiera el trabajo de Clara Davies, sostienen que los niños, por el sólo hecho de serlo, poseen un conocimiento “instintivo”, cercano a la naturaleza, que les permite “saber” sin las contaminaciones de la cultura y del paso del tiempo. Como si de algún modo viniéramos a la tierra con un conocimiento básico, que luego la socialización se encargaría de eliminar.

El vacío de autoridad de la paternidad y maternidad actuales se manifiesta también en otros ámbitos como la escuela o el consultorio del pediatra. Pareciera que asistimos a la dictadura de la infancia. La posibilidad de poder poner límites queda fuera del alcance de los padres modernos. Es cierto que en el pasado, los padres ejercían una autoridad sin límites, sin posibilidad de defensa alguna; de hecho los infantes no eran, para el Estado, ni siquiera sujetos de derecho y de algún modo, podemos decir, que esa superestructura era un reflejo de lo que sucedía en la estructura doméstica.

La alimentación fue siempre para la humanidad una cuestión social. La complejidad del evento alimentario radica, entre otras cosas, en que no puede ser resuelta por una sola persona. Ya sea que dependamos de los mercaderes, de los cazadores o de los recolectores, lo cierto es que ninguna persona puede, por sí sola, satisfacer todas sus necesidades alimentarias. Los seres humanos dependemos de la comida cocida, no podemos sobrevivir sin inconvenientes, sin cocinar nuestra comida. Pero los niños no saben cocinar, por lo tanto el “conocimiento” alimentario que puedan tener (por instinto u otra causa esotérica), es, necesariamente, incompleto.

Pretender que los niños, por el sólo hecho de serlo, por estar, en apariencia, más cerca de la naturaleza, saben más de alimentación que los adultos, es una verdadera zoncera. El ser humano es un animal que sólo puede sobrevivir en un medio cultural y la cultura es algo que se adquiere con los años. No por nada la madurez en nuestra especie se alcanza recién a los 21 años. Son largos períodos de aprendizaje, que nunca se llevan a cabo en la soledad del individuo, sino que participa, en mayor o menor grado, toda la sociedad. Dentro de la familia, el proceso es realizado por el conjunto, no puede ser dejado a la voluntad o capacidad del individuo.
Si en el pasado la autoridad del padre era incuestionable y los hijos no tenían forma de hacer valer sus derechos cuando una injusticia se presentaba, en el presente las cosas parecen haberse invertido. Los hijos suelen ser los que guían, al menos en el tema alimentario, a los padres. Y esos hijos ejercen ese poder, bajo el amparo silencioso pero contundente e irreflexivo de la publicidad alimentaria. Tal vez el punto medio aristotélico (ni exceso ni defecto) sea el camino de reencuentro necesario entre los derechos de los niños y la necesaria autoridad familiar.

La falsa autoridad de la infancia


A finales de la dédada del '30, la doctora Clara Davies presentó una ponencia en la Canadian Medical Association, en donde mostraba los resultados de un trabajo que había realizado en un orfanato de la ciudad de Chicago durante largos 5 años. En él se demostraba como los niños que habían sido sometidos al experimento de permitirles escoger la comida, lo habían hecho siempre en una forma equilibrada. El supuesto que guiaba el estudio, muy propio de aquella época, asumía que los niños, en su inocencia, venían con el conocimiento necesario para comer en forma equilibrada. Es decir, se daba por probado, que existía algo así como un instinto de saber comer y que en todo caso se ponía en tela de juicio las normas que la medicina indicaba para el buen crecimiento del infante.

El estudio demostró poseer algunos defectos fundamentales, que invalidaban los hallazgos. Cabe aclarar que la propia investigadora era consciente del sesgo, aunque de cualquier manera presentó los resultados. La clave que desbarató toda la argumentación radicaba en que los alimentos que les daban a elegir a los niños, eran todos considerados sanos. Había una variedad de comidas de diversos tipos: carnes, frutas, verduras, lácteos, etc.; pero eran todos alimentos elegidos de entre los recomendados por las diferentes asociaciones científicas. El trabajo mostraba que los niños tenían, en ese contexto, una cierta aversión a la monotonía, ya que tendían al equilibrio alimentario, eligiendo siempre diferentes alimentos.

La gran pregunta que surgió fue, ¿qué hubiera pasado si a los niños en ese experimento se les hubieran ofrecido alimentos chatarra?. ¿Qué huberan preferido si al lado de una fruta se les hubiera ofrecido una golosina?. La respuesta, desgraciadamente, la vemos a diario y los datos antropométricos del mundo actual lo demuestran. El sobrepeso y la obesidad están aumentando en forma alarmante entre la población infantil, sufriendo en el proceso enfermedades que hasta hace poco tiempo eran exclusivas de los adultos, como la hipertensión o la diabetes. Y las principales causas de esa epidemia son claramente los alimentos cargados de azúcares o grasas y por supuesto las bebidas endulzadas.
En la actualidad muchos padres, aún sin conocer siquiera el trabajo de Clara Davies, sostienen que los niños, por el sólo hecho de serlo, poseen un conocimiento “instintivo”, cercano a la naturaleza, que les permite “saber” sin las contaminaciones de la cultura y del paso del tiempo. Como si de algún modo viniéramos a la tierra con un conocimiento básico, que luego la socialización se encargaría de eliminar.

El vacío de autoridad de la paternidad y maternidad actuales se manifiesta también en otros ámbitos como la escuela o el consultorio del pediatra. Pareciera que asistimos a la dictadura de la infancia. La posibilidad de poder poner límites queda fuera del alcance de los padres modernos. Es cierto que en el pasado, los padres ejercían una autoridad sin límites, sin posibilidad de defensa alguna; de hecho los infantes no eran, para el Estado, ni siquiera sujetos de derecho y de algún modo, podemos decir, que esa superestructura era un reflejo de lo que sucedía en la estructura doméstica.

La alimentación fue siempre para la humanidad una cuestión social. La complejidad del evento alimentario radica, entre otras cosas, en que no puede ser resuelta por una sola persona. Ya sea que dependamos de los mercaderes, de los cazadores o de los recolectores, lo cierto es que ninguna persona puede, por sí sola, satisfacer todas sus necesidades alimentarias. Los seres humanos dependemos de la comida cocida, no podemos sobrevivir sin inconvenientes, sin cocinar nuestra comida. Pero los niños no saben cocinar, por lo tanto el “conocimiento” alimentario que puedan tener (por instinto u otra causa esotérica), es, necesariamente, incompleto.

Pretender que los niños, por el sólo hecho de serlo, por estar, en apariencia, más cerca de la naturaleza, saben más de alimentación que los adultos, es una verdadera zoncera. El ser humano es un animal que sólo puede sobrevivir en un medio cultural y la cultura es algo que se adquiere con los años. No por nada la madurez en nuestra especie se alcanza recién a los 21 años. Son largos períodos de aprendizaje, que nunca se llevan a cabo en la soledad del individuo, sino que participa, en mayor o menor grado, toda la sociedad. Dentro de la familia, el proceso es realizado por el conjunto, no puede ser dejado a la voluntad o capacidad del individuo.

Si en el pasado la autoridad del padre era incuestionable y los hijos no tenían forma de hacer valer sus derechos cuando una injusticia se presentaba, en el presente las cosas parecen haberse invertido. Los hijos suelen ser los que guían, al menos en el tema alimentario, a los padres. Y esos hijos ejercen ese poder, bajo el amparo silencioso pero contundente e irreflexivo de la publicidad alimentaria. Tal vez el punto medio aristotélico (ni exceso ni defecto) sea el camino de reencuentro necesario entre los derechos de los niños y la necesaria autoridad familiar.

Diego Diaz Cordova
Antropólogo / Director de Tecnología Informática de Citaldoc.com y Zonapediatrica.com

Otros artículos del mismo autor

Antropologia alimentaria
Lobos , perros y humanos
Las emociones y la cultura
Curiosidad y evolución
La señorita Norma


Comparte este contenido

Submit to FacebookSubmit to Google PlusSubmit to TwitterSubmit to LinkedIn

NO tienes permisos para ingresar comentarios

Buscar en Zp