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La señorita Norma *

Hay veces que la suerte evidentemente está del lado de uno. A mi me tocó y sé que a otros muchos también. A algunos los conozco, a los otros no, pero no dudo de la suerte que tuvieron. El azar nos favoreció, poniendo en nuestro camino educativo a la señorita Norma. Seguramente, durante su trayectoria docente, tuvo una enorme cantidad de alumnos y no dudo que todos ellos guardan el mejor recuerdo de su tarea pedagógica. Pero no se trata simplemente de una grata memoria sobre un período feliz de la infancia. No. Estamos hablando de algo mucho más profundo, tan profundo como puede ser el amor (y su carga de sabiduría) de una maestra de primario y de sus estudiantes. Amor entendido en el sentido más filosófico del término. Un amor que dejó claramente una huella imborrable en todos aquellos que tuvimos el privilegio de haber asistido a sus clases.

En cada uno de nosotros, seguramente, el recuerdo es también diferente. Como somos todos distintos, la memoria también es distinta y estoy seguro que aquellos pedacitos de tiempo indeleble forman un collage multicolor de asombro y risas inocentes que vuelven, recurrentemente, como una caricia extemporánea. Pero esas percepciones particulares encierran, con certeza, un cúmulo de experiencias y enseñanzas comunes, fruto del trabajo a conciencia de quien tiene la inmensa responsabilidad de la educación de los niños y disfruta en su trabajo.


En mi caso particular su influencia fue tal, que mi presente, en una gran parte, se lo debo a ella. A mis ocho años de edad, en el cuarto grado de la escuela primaria y luego de una lección que tuve que dar sobre los Chibchas (el tema era las civilizaciones precolombinas), ella se acercó y con tono admonitorio, pero tierno, me dijo mientras me señalaba con el dedo: - ¡vos tenés que ser antropólogo!. Mi cara de estupefacción debió haber sido aún de asombro. Inmediatamente le pregunté: -¿pero, eso, qué es?. Y la señorita Norma respondió con naturalidad y sabiduría: - ¡son los que estudian a las civilizaciones antiguas!. Fue mi primer encuentro con esa disciplina científica, que ya, desde hace más de 20 años, ocupa mis días y mis noches.

Ahora, con el paso del tiempo, podemos abstraer aquellos elementos que hicieron inolvidable y aún actuales, aquellos años. Percatarnos, insisto, de su profundidad, ya que su método de enseñanza, posee muchas de las claves del conocimiento humano.

En primer lugar, la pasión que desplegaba en sus clases. La pasión es contagiosa como la risa. No importa el contenido de lo que se transmita, el ser humano en general y los niños en particular, quedan completamente seducidos cuando la docencia se ejerce con genuina filosofía. La sabiduría no puede existir sin ese cariño a la educación.

En segundo lugar, el estímulo a la curiosidad. El primer motor del conocimiento es la curiosidad y la señorita Norma sembraba a cada paso, con cada palabra y en cada alumno, semillas de sabiduría. Debo admitir que en mi caso muchas, muchísimas de esas semillas aún no han germinado, pero estoy tranquilo porque sé que en cualquier momento se despiertan. ¡De hecho todo el tiempo aparecen!.

En tercer lugar el fomento al trabajo en equipo. El conocimiento es un trabajo colectivo y la ciencia es una tarea social. Como solía decir Newton, “si veo más lejos es porque estoy arriba de hombros de gigantes”. Los grandes genios de la historia han sido, en última instancia, buenos compiladores de trabajos anteriores.  La experiencia de aprender es mucho más gratificante y enriquecedora si se realiza en grupo.

En cuarto lugar el sentido del humor. No se puede prohibir la risa, pues “nada grande puede hacerse con la tristeza” y la tarea de educar y aprender es inmensa. De sus clases recuerdo también las carcajadas colectivas, que siempre explotan en la infancia; pero fundamentalmente el aroma de una alegría permanente. Un sentimiento nada común en la escolarización primaria nos envolvía... ¡teníamos ganas de ir a clase!.

De grandes pudimos darnos cuenta del contexto nacional que rodeaba a nuestra educación primaria. Eran los años del proceso y pese a ello, en nuestro mundo infantil, guíados por la maravillosa mano de la Señorita Norma, respirábamos libertad y nos extraviábamos en los maravillosos laberintos del conocimiento.

* Su nombre completo es Norma Strongin

Autor:
Diego Diaz Cordova
Antropólogo
Director de Programación de Zonapediatrica.com y Citaldoc.com

La señorita Norma y sus alumnos del Instituto Guillermo Rawson
Caballito - Ciudad de Buenos Aires - 1977

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