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Las emociones y la cultura

Nuestra individualidad suele engañarnos. Nos hace creer que muchas de las cosas que nos pasan son únicas y que sólo a nosotros nos afectan. Es parte del reconocimiento de nuestra propia singularidad. Necesitamos reconocernos únicos para poder desempeñarnos en el mundo con un éxito relativo. Pero esa base egoísta puede obnubilarnos y hacernos creer cosas que no son.

Uno de los espacios más íntimos es el de la emoción y el afecto. El sentimiento, en cualquiera de sus manifestaciones, es tan profundo que se suele decir “sale de las entrañas”.
Es, en algún sentido, nuestra individualidad expuesta y para peor, muchas veces, sin el auxilio ni la protección que suele brindar la razón cuando está bien balanceada
Emociones y Cultura

La antropología tiene la gracia de desafiar ritos y destruir mitos, sobre todo aquellos que están enraizados en el sentido común; aquellos que la cotidianidad nubla, como por ejemplo la intimidad de nuestros sentimientos.
Diferentes estudios en distintos grupos sociales muestran que las emociones se encuentran determinadas culturalmente. Lo que nos hace reír o llorar, lo que nos enoja o nos brinda placidez, lo que nos divierte o nos aburre, no depende de elecciones libres en un marco infinito de opciones, que asumimos en un contexto de absoluta soledad. Lo que nos atrae o nos distrae, depende de lo que le atrae al resto de la gente, de lo que le distrae a quienes nos rodean.

La antropología, en una gran medidad a partir de los trabajos de Gregory Bateson, comenzó a distinguir entre el EIDOS y el ETHOS de una cultura.
El primero de ellos refiere a los aspectos cognitivos que se encuentran normalizados de acuerdo a cada cultura.
Está vinculado entonces con la capacidad de saber comportarse, de saber qué decir en tal o cual circunstancia; involucra, por tanto, claramente a las normas sociales. 

Por el contrario el segundo refiere a los aspectos afectivos que también se encuentran normalizados en función de cada cultura en particular.
Está vinculado entonces con comprender aquellas cosas que nos emocionan y que movilizan nuestros sentimientos. Con los valores que nos son inculcados y que nos hacen reaccionar frente a las diversas circunstancias que nos afectan.

Como decía el filósofo del iluminismo Jean Jacques Rousseau, “el hombre nace libre, pero en todas partes se encuentra encadenado” y en este caso es claro que nuestros sentimientos no dependen de nosotros mismos, sino que se encuentran formateados por la cultura.

Lo que consideramos un acto de generosidad o de traición, un caso de éxito o de fracaso, depende, en una gran medida, de lo que opinen quienes nos rodean, pues compartimos un mismo ETHOS.

En una sociedad capitalista, se enaltece el individualismo hasta niveles que poco tienen que ver con la realidad.
Es cierto que hay un grado muy alto, en el Homo sapiens en general, de reflexión y soliloquio. Los diálogos internos y las dudas nos asaltan en un encuentro íntimo, donde estamos completamente solos; aunque, claro, nuestra experiencia, que no es sino social, está allí, presente.
Por tanto la decisión es toda nuestra, en el sentido individual, pero los elementos para poder ponderar, actuar y ejecutarla en consecuencia son claramente culturales.

Es muy difícil, por lo tanto, poder manejar nuestras emociones, aislándonos del contexto social.
En líneas generales lo que nos alegra o nos molesta, tiene que ver con lo que nos rodea. Así, por ejemplo, en una sociedad como la nuestra, el éxito está asociado con una acumulación material, que en el imaginario debe ser inmediata, en lo posible instantánea.

Se pondera a la gente por lo que tiene y ello se transforma, de ese modo, en una presión extra para nosotros en tanto individuos.
La presión social suele ser sutil, se esconde en nuestra individualidad y es muy difícil escapar de ella.

¿Cómo hacer entonces para que ese contexto no se desplome sobre nuestra espaldas y nos permita tomar decisiones en donde las consecuencias nos afecten sólo a nosotros, sin que nos importe conformar a todo el mundo?.

Uno de los primeros pasos, seguramente, es el de reconocer que la situación es compleja. Que por más que adoptemos una actitud concreta, que entendemos nos beneficia a nosotros, habrá una gran parte del mundo que no estará de acuerdo.

No existen las soluciones mágicas ni es posible aislarse del mundo.
El reconocimiento de nuestra esencia en tanto seres sociales, puede ser un primer paso para afianzar la propia individualidad, sin caer en espejismos o bien en engaños, que nos lleven a creer que podemos ser superiores a la propia cultura en la que estamos inmersos.

Diego Diaz Cordova
Licenciado en Antropología
Zonapediatrica Staff / Equipo de Programacion (EPZP)

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