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Derechos Humanos

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1.   La defensa de nuestros Derechos: Los derechos de nuestros hijos
DRA. Miguela Domingo (Prof. UNIR)

Los valores que inspiran los Derechos humanos y las Constituciones políticas son, sin duda, valores abstractos y formales, por eso los aceptamos como Universales. Si fueran muy concretos, individuales, la unanimidad respecto a su validez desaparecería.

No es posible, por ejemplo, deducir lógicamente del derecho a la igualdad de todos los humanos en determinadas políticas, ni es posible determinar de qué forma y manera debe defenderse, en las distintas situaciones conflictivas que puedan darse, la libertad de opinión. Los Derechos Humanos son -deben ser- la fuente de donde emana el Derecho positivo, el derecho normativo y escrito.

Pero no todo lo aceptado colectivamente debe ser reducido a Ley. Al contrario, es la Ética, el bien que realizamos, la que juzga a la ley y la que orienta su interpretación y su aplicación.

¿Cómo entender, aquí y ahora, frente a problemas de discriminación de extranjeros, el derecho a la igualdad? ¿Qué leyes, qué actitudes, son éticamente más convincentes y recomendables al respecto? ¿Cómo llevar a cabo una política de igualdad de oportunidades que no sea excesivamente limitadora de las libertades individuales? ¿Son buenas o no las cuotas de participación femenina como medio para conseguir un mejor reparto del poder entre los sexos?

¿Qué puede significar la igualdad de oportunidades en la Escuela, cuando es un hecho que los alumnos son desiguales y están discriminados por varias razones, cuando sólo se pueden poner parches y nunca tratar de resolver el problema desde la raíz? ¿Cómo incitar a la solidaridad dentro de la Escuela cuando la sociedad fomenta comportamientos abiertamente insolidarios? ¿Cómo transmitir una Cultura humanística, preparada para el diálogo, cuando los planes de estudio se ciñen más y más a la cultura técnica?

Es normal que la dificultad de dar respuestas claras y contundentes a todas estas preguntas conduzca al pesimismo, al escepticismo y a declaraciones de impotencia. Pero, aceptemos dos ideas:

a)      los derechos básicos implican deberes, y deberes que son no sólo competencia del Estado, sino deberes de todo ciudadano.

b)      el sentimiento de impotencia ante la ausencia de valores deriva de un movimiento erróneo que consiste en identificar la impotencia absoluta -el individuo o el grupo no son incapaces de resolver, por su cuenta, los problemas estructurales de la sociedad- con una impotencia relativa e injustificada. Los logros sociales, en especial los de largo alcance, no son nunca el resultado del esfuerzo de un sólo individuo, ni siquiera de un grupo entusiasta y comprometido. Deben proceder, por el contrario, de la labor voluntariosa y coherente de una serie de individuos que comulgan con unos objetivos comunes.

Tal es la razón que explica la necesidad de unos valores compartidos sin los cuales es inútil hablar de objetivos comunes. Como dijo Rousseau, la sociedad democrática y racional necesita algo que ligue a los individuos, que agregue las distintas voluntades interesadas en fines y objetivos, y la Escuela es un lugar idóneo para ello.

Compromiso de todos, en definitiva, también de nuestros jóvenes y nosotros mismos y este compromiso tiene su base en la igualdad como criterio y pauta de conducta.

Ahora bien, que tengamos unos valores universales no significa que no queden todavía muchas zonas dudosas y oscuras, donde el consenso, la afirmación del grupo, es complicado. Es complicado, por ejemplo, consensuar la despenalización del aborto, porque tal medida significa, para unos, la negación del derecho a la vida de un feto que debería merecer la misma consideración que una persona; para otros -y, sobre todo, otras-, en cambio, la penalización significa la negación del derecho a la libertad de las mujeres de decidir sobre lo que no es sino su propio cuerpo, ...Esas zonas oscuras de los derechos fundamentales y de la interpretación de los mismos son las que deben consensuarse por la vía del diálogo o de la democracia. Tanto los conflictos entre los derechos fundamentales como la interpretación concreta y aplicada a nuestras situaciones obligan a priorizar, a elegir y a sacrificar valores: ahí está la tragedia de la ética, del bien común.

Para ser coherentes con la ética misma, cualquier elección o decisión debe respetar al otro. Nadie tiene derecho a imponer a otro sus puntos de vista, y menos a hacerlo violentamente. La comunicación, y una comunicación lo más simétrica posible, lo más fluída e identificativa, es el único fundamento de la aceptación de las normas como normas justas.

Pero, ¿quién ha de ser el maestro de algo como la ética, algo que debería saber todo el mundo, y que va a influir desde muy pequeños en nuestros hijos? ¿Quién ha de estar más acreditado para una enseñanza que no consiste en meros conocimientos teóricos?.

Los valores morales que inculcamos, los que pretendemos dar a nuestros hijos como bueno y correcto, forma el carácter, crea unos hábitos, unas actitudes, unas maneras especiales de responder a la realidad y de relacionarse con otros seres humanos. Todo eso, ni más ni menos, pero, ¿cómo se enseña? ¿cómo se enseña teniendo en cuenta, además, que no se trata de hacer casuística ni de dar respuestas claras a problemas concretos, sino más bien de sembrar dudas e incertidumbres, de formar para la crítica, de enseñar a las personas a decidir por su cuenta, con autonomía, en definitiva a pensar?. No hay fórmulas, pero si es posible decir cómo no hay que enseñar lo que un es correctamente bueno (Moral), ni va encaminado hacia el bien (Ética).

Y, ¿cómo no debe ser enseñada una Educación Moral y Ética? En primer lugar, su enseñanza no debe reducirse a la enseñanza de una mera asignatura. Las asignaturas -sobre la tradición filosófica o religiosa, sobre los derechos humanos, sobre las constituciones políticas- son un refuerzo, bueno e incluso necesario, pero no la única forma de enseñar Moral y Ética.

Los valores morales se transmiten, sobre todo, a través de la práctica, a través del ejemplo, a través, precisamente, de situaciones que estén reclamando la presencia de valores alternativos. Hoy resulta muy difícil hacer propuestas realmente constructivas que prevean y den solución a posibles problemas. No es tan difícil, por el contrario, saber y ponernos de acuerdo sobre lo que éticamente no funciona y debiera ser de otra manera. Todas esas situaciones que se producen cotidianamente en nuestras Sociedades civilizadas y avanzadas -corrupciones, discriminaciones, intolerancias, insolidaridad-, todo eso se reproduce luego y tiene su reflejo en los diversos núcleos sociales, alentando a nuestro hijo de la toma de posiciones contrarias.

Las Escuelas, los Centros Educativos, son un microcosmos de los conflictos presentes en toda la Sociedad. El primer paso que hay que dar es tomar conciencia de los conflictos -intrínsecos a la Institución o a sus circunstancias- producidos por situaciones vergonzantes y poco satisfactorias, y enfrentarse a ellos con respuestas colectivas y consensuadas. No dejar que todos los problemas sean resueltos por otros, sino entender que el conflicto tiene siempre una dimensión que depende de las actitudes, mentalidades y comportamientos individuales. Esa es, a mi juicio, la forma que debe adoptar hoy:  el compromiso para la enseñanza de valores.

¿A quién le corresponde la enseñanza de la ética? ¿Por qué a la escuela y no también a la familia, o a la sociedad, en general? ¿No hay maestros Especialistas en ética, como los hay de matemáticas?. La educación en unos valores éticos morales es tarea de todos, de todos los que actúan, de un modo u otro, sobre los educandos. Ha sido un lugar común de muchos años el atribuir a la sociedad todos nuestros males y adjudicarle a ella, o a sus estructuras, la función de corregirlos. Hoy empezamos a entender que la sociedad somos todos, y de todos es la responsabilidad de mejorarla, mejorando los comportamientos de sus miembros.

La Educación en Moral Ética es un tema de corresponsabilidad, de actuar al unísono y en concordancia.

No obstante, reconozcamos, sin embargo, que los espacios más propios de la Educación son la Familia y la Escuela. Son ambas instancias las que deben hacerse cargo mayormente de lo que transmiten a niños y jóvenes.

Y por fin, una última pregunta sobre la posibilidad de la enseñanza de la ética: ¿vale la pena enseñar e inculcar valores morales a unos niños y niñas que deberán moverse y, a ser posible, destacar en una sociedad que no respeta ni cuenta con tales valores? ¿No será maleducarlos, educarlos contra la corriente que es imparable? ¿No es todo una pérdida de tiempo poco justificable? ¿No sería más prudente reducir la Educación a la mera instrucción o formación sobre unos conocimientos teóricos -matemáticas, lengua, física, historia-? Sólo se me ocurre una respuesta: aunque queramos, no podemos dejar de educar en un sentido o en otro.

La Escuela es un lugar donde se hace algo más que dar clase. Los alumnos aprenden comportamientos más o menos civilizados, según sean los criterios que los guían. Es inevitable que aprobemos unas conductas y desaprobemos otras, aunque no hagamos juicios de valor explícitos y evitemos el premio y el castigo. El gesto, la voz, la mirada delatan, a veces más nítidamente, lo que sentimos o pensamos, y el niño o la niña registran esa reacción favorable o desfavorable a su conducta. Vale la pena, pues, asumir esa tarea conscientemente.

Debemos transmitir a nuestros hijos y alumnos aquellos aspectos de nuestro mundo que quisiéramos conservar. Por críticos que  seamos con todo, algo querremos mantener o no perder. El afecto hacia lo más humano de nuestro mundo, y la explicitación de ese afecto, es la única vía que nos hará convincentes.

Queremos conservar ciertos valores porque, en definitiva, preferimos un mundo que los respete a un mundo que pasa de ellos. Pero ¿vale la pena enseñarlos contra una realidad que los repele? ¿Vale la pena si estamos convencidos de que, aunque no sean rentables económica o incluso socialmente, son valores imprescindibles para llevar adelante tanto la democracia como la autonomía individual? Esa es nuestra propia elección.

Profesora Doctora Miguela Domingo
Zonapediatrica.com Staff

 

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