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Los peligrosos errores epistemológicos de los antivacunas

Autor
Lic. Diego Diaz Cordova
Antropólogo Universidad de Buenos Aires (UBA)
Staff de Zonapediatrica.com

Hace poco nos enteramos de un caso en España de difteria en un niño, debido a que no fue vacunado por decisión de sus padres.
Este brote de necedad, ya visto hace poco en EEUU, donde por la misma causa un grupo de niños fue afectado por el sarampión, merece una clara y contundente reflexión.

Las decisiones de los padres irresponsables ponen en peligro no sólo a sus hijos, sino a toda la comunidad que los rodea.

Tal vez la mejor forma de comprender el error epistemológico en el que se incurre cuando se niega la ventaja de vacunarse, sea analizando el razonamiento que se utiliza para justificar tal atrocidad.
Pensar en forma científica y de eso trata la epistemología, es algo que todos los seres humanos podemos hacer.
No es necesario aprender altas matemáticas o usar guardapolvo; el pensamiento científico tiene que ver fundamentalmente con dos elementos que usamos cotidianamente, el razonamiento y la percepción de la experiencia propia o ajena.

Pseudociencia Antivacuna

En ciencia las verdades no existen, aunque nunca se cesa de buscarlas. Contra lo que cree el sentido común, el uso de la experiencia no es positivo sino negativo; no se trata de probar afirmativamente las hipótesis, sino que se trata de refutarlas. Hay que arbitrar todos los medios para probar que nuestras hipótesis son falsas.

Si no lo logramos, entonces podemos sostenerlas hasta que aparezcan nuevas hipótesis que den cuenta de una porción mayor del universo. Ese es el mecanismo básico de la metodología científica. Es un mecanismo simple desde el punto de vista lógico, pero complicado desde el punto de vista de nuestra propia personalidad, ya que exige una desconfianza supina para con nuestras propias hipótesis. Es fácil ser desconfiado con los demás, lo difícil es sostener como método que estamos siempre equivocados y que todo lo que conocemos efectivamente es precario y sujeto a cambio.


Uno de los errores más comunes en los que caen los antivacunas, es el de suponer que porque su hijo no vacunado, no se enferma, entonces no hay que vacunarse. Hay ahí dos tipos de problemas.

El primero de carácter lógico, es decir, es un mal razonamiento. No tiene ninguna validez. Es lo que se considera una falacia y está tipificada, su nombre es “Falacia de Afirmación del Consecuente”.

Dada una estructura condicional del tipo si P entonces Q, afirmar Q no habilita a afirmar P. En otras palabras: si no me vacuno no me enfermo, eso no implica que como no me enfermo no me tengo que vacunar. El segundo es de carácter empírico, es decir, hay muchas evidencias que indican que alguien no vacunado es mucho más propenso a enfermarse que alguien que sí lo está; por otra parte hay suficiente información epidemiológica que muestra como la gente vacunada protege a la gente que no lo está. Se forma una suerte de barrera sanitaria que protege a quien no posee los anticuerpos necesarios.

La enfermedad no llega o llega con mucha menos intensidad. Si a eso sumamos que en la mayoría de los casos, la gente que no se vacuna por voluntad propia, pertenece a los sectores medios y altos, las buenas condiciones generales de habitabilidad (buena alimentación, entornos limpios, etc.) hacen que las chances de enfermarse sean menores. Pero como se ve por el caso mencionado al comienzo de la nota, cuando aparece la noxa, si el organismo no está vacunado, las probablidades de contraer una enfermedad mortal, son mucha más altas que si el individuo efectivamente está vacunado.


Otro de los argumentos que los anti vacuna ofrecen, es que la industria farmacéutica, una de las más poderosas del mundo, está más preocupada en vender sus medicamentos, que en proteger la salud de la población. El argumento es correcto, todos sabemos lo corruptas y peligrosas que pueden ser las empresas trasnacionales y hay sobrados casos de pruebas anti-éticas en los grandes laboratorios del mundo. Uno de los ejemplos más claros es el de las inoculaciones de vacunas con objetivos de prueba que se realizan en los países pobres, antes de lanzarlas al mercado en los países ricos. Un horror sin lugar a dudas.

Pero que todo esto sea cierto, no implica que las vacunas no sean necesarias. Son cuestiones que no guardan relación entre sí. Las petroleras, por ejemplo, pueden ser las empresas más contaminantes de la historia de la humanidad; pero eso no implica que la gasolina (producida con ese petróleo) no sea útil a la hora de necesitar una ambulancia o de calefaccionar hogares en regiones muy frías.

Que en las multinacionales farmacéuticas exista el lucro como objetivo, no implica que necesariamente todos sus productos sean perjudiciales, aún cuando persigan esa meta (que por cierto es la misma para todo el sistema capitalista).

Los antivacunas suelen poner como ejemplo el daño que causan en algunos sujetos las vacunas; los efectos colaterales que pueden llegar a tener sobre ciertos individuos.
Es verdad que cada tantos individuos hay alguno al que la vacuna en vez de protegerlo, le provoca otros inconvenientes. La realidad de esta situación radica en que la probabilidad de que una vacuna cause un daño, en vez de un beneficio, es prácticamente similar a la de tomar un avión y sufrir un accidente. O visto desde un punto de vista optimista es la misma chance de sacar un premio importante en la lotería.
La mayor parte de la población no cae en esa circunstancia. Es mucho más probable sufrir un accidente de tránsito que un daño provocado por una vacuna. Además, es evidente que, con el correr del tiempo, se mejoran y se disminuye la probabilidad de que surjan esos problemas; la historia de los medicamentos es también una historia dinámica y de ningún modo puede ser atrapada en un modelo simplista de buenos y malos.


Algunos analistas señalan que una de las causas de este nacimiento de grupos antivacunas, está vinculado con que la memoria histórica con respecto a las epidemias del pasado ya se borró. Los que hoy están vivos no tienen consciencia y olvidaron los estragos que, antes de la Segunda Guerra Mundial, la gripe o la tuberculosis causaban. Por poner un solo ejemplo, luego de la Primera Guerra Mundial, hubo una epidemia de gripe española que mató a 50 millones de personas, más que el propio conflicto bélico. Nadie que hubiera pasado por esa terrible experiencia pondría en duda la eficacia de las vacunas.

Claramente muchos de los argumentos que esgrimen los antivacunas tienen un componente real. El problema radica en que esos hechos no habilitan ni lógica ni empíricamente para rechazar el beneficio que le genera a la humanidad toda.
Es importante mantener el escepticismo, pero hay que tener cuidado de no caer en la pura y peligrosa necedad.

 

Autor
Lic. Diego Diaz Cordova
Antropólogo Universidad de Buenos Aires (UBA)
Staff de Zonapediatrica.com

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