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Libreta de salud infantil familiar digital





Papá, me leés un cuentito por favor…

Fuente: Blog http://hijosunicos.com.ar/
nos gusta como escribe Manuel

Cuando tenía ocho o nueve años el único pensamiento que entretenía mi cabeza rebalsada de sueños tenía forma de pelota. Recuerdo que mi madre no pensaba lo mismo y me exigía leer un libro todas las noches antes de dormir. A pesar de la severa educación religiosa del colegio católico al que concurría, no me obligaba a rezar, no, sino a leer. Al otro día, la prueba de mi lectura consistía en referirle a mi madre lo que había leído anoche. Debía ser verosímil en mi relato y en mis expresiones, de lo contrario el castigo consistía en leer el mismo capítulo esa misma noche.



Por ese entonces, yo ya me había convertido en un temerario y espléndido fabulador, luego de improvisar en la escuela una lección sobre Guillermo Tell y que Sofía, mi señorita de cuarto grado, me calificó con un “Muy Bien 10 Felicitado”. Gocé en silencio el mérito de mi nota, pues resultaba imposible y casi suicida confesar a mis nueve años semejante improvisación, así que seguí aparentando ser un lector prodigio de aquellas aventuras de corsarios y de héroes, que sólo lograban encausar mi sueño recurrente de potreros y pelotas.


De este modo fue como conocí todas las tapas y contratapas de libros clásicos como “Las aventuras de Tom Sawyer“, “La vuelta al mundo en 80 días” o “Los mejores casos de Sherlock Holmes“, y fingí que eran grandes obras sin apenas leer un solo capítulo. Hoy, que esas obras ya forman parte de mi vida y el noble hábito de la lectura se me ha entrometido hasta en la baño, intento compartir con la Cata el amor y el valor que tienen los libros, y ahora es ella, pequeña y curiosa, quien me reclama con cualquier cosa que encuentre por ahí y que por supuesto contenga letras, que le lea. Y como sus deseos son órdenes para mi, nos acomodamos bien juntitos a leer en el sillón grande del living.



En ese instante, con la primer palabra, con el primer párrafo, se despliegan en el aire las alas de mi torpe imaginación, que se impone atrevida entre la fábula y yo, y hace que mi ineficaz inspiración dasafíe y transforme los argumentos, agregue o quite personajes a su antojo o cambie los desenlaces desarrollando mi propia versión de los cuentos. Esta es la explicación del por qué la Cata cree que el “Lobo Feroz” no era tan feroz, y que muy lejos de devorarse a la pobre abuelita, lo que se comió fue una McPollo con fritas y gaseosa grande mientras la dulce Caperucita se divertía incanzable en el pelotero.



Claro, mi hija aún no sabe leer y no advierte variación alguna entre el texto original y mi propia descripción. Eso me ayuda, pues facilita y anima a mi imaginación mientras la Cata, aún pequeña para corregirme o censurarme, me escucha fascinada, inocente e ingenua, palabra tras palabra y percibe asombrada mi entonación y mis gestos, con el mismo asombro con que me observó mi maestra de cuarto grado.


Fuente: Blog http://hijosunicos.com.ar/
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