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Escritorio de un pediatra

Libreta de salud infantil familiar digital




Dr César Martínez Vélez
Extraido de Pediatría Morlaca
Revista de la SEP – Filial Azuay
Vol 1 Nro 2 Octubre de 2005

 


En la narrativa de Fernando Fernández, David Montalvo y Jacinto Benavente, cuyas reflexiones me parece interesantes transcribirlas, así también en los relatos de cuentos y producciones imaginarias de cine y televisión, está presente la realidad, pero también la fantasía y la magia del mundo de los niños de América Latina, y de todos los niños de nuestra tierra morlaca, por cuya salud y bienestar debatimos en este foro médico: el XIV CONGRESO ECUATORIANO DE PEDIATRIA.

 

Fijemos por unos momentos la mirada en el paraíso de la infancia, en aquella maravillosa época de nuestra vida.

 

La infancia es ese mundo habitado por recuerdos, visto desde la orilla de los adultos. Con el primer llanto nace la memoria que no para de almacenar caras, sonrisas, luces, ruidos, sabores y sensaciones; y en nuestro cuaderno de la vida vamos apuntando todo lo nos pasa día a día. Y ahí permanecen esos objetos que fueron nuestros, únicamente nuestros, con sus colores, su olor característico, la suavidad o la aspereza de su textura, las ilusiones y los desamores. Son fotografías en movimiento, una ráfaga, el instante mismo del recuerdo.

 

Los niños no hacen colección de momentos de su existencia. Los niños “viven” y usan y gastan sus días uno a uno, según van llegando; y cuando toman conciencia, ya no son niños. Ya están en la otra orilla.

 

Y somos cualquiera de nosotros, yo mismo, que un día empecé un largo viaje, para luego deshacer el camino, buscando y buscando mis recuerdos, y los de ustedes, y con todos ellos he formado esta colección. No soy ya ningún niño, muy al contrario, soy un hombre con arrugas en el alma y piedras en los bolsillos, que no quiere que el niño que fui se quede perdido en medio de la noche, asustado por los ruidos, los truenos, los cambios y las avalanchas de la vida; que desea viajar al pasado, a esa infancia, a ese niño que habita “en nuestro fuero interno”, como dice Víctor Montoya, a ese mundo del boliviano Oscar Alfaro, cuando en su poema “ Viaje al Pasado” nos dice: “Desde adentro, desde adentro,/ Desde el fondo de un abismo,/ Viene corriendo a mi encuentro,/ Un niño que soy yo mismo...”

 

Ese niño y yo nos damos la mano, y sonriendo seguimos el camino para reafirmar que un niño representa tantas y tantas verdades: una cama destendida, unos juguetes tirados, una bicicleta sin pedales, un coche desbaratado, una muñeca desvestida. Un dedo cortado, un chicle en el pelo, una pared rayada, unas ropas manchadas, una carita sucia y unas manos acarameladas. Un cúmulo de energía y una mente clara e inquieta.

 

Pero también, un llanto que enternece, una travesura sana, un perdón obligado, una ternura sublime, y una sonrisa inocente.

 

Al observar los ojos de un niño podemos entrar en un mundo maravilloso que alguna vez nos tocó disfrutar, pero al que pocas veces hemos regresado desde que nos pusieron la etiqueta de adultos. Al contemplar sus ojos nos damos cuenta que la felicidad plena existe. Puede acontecer un terremoto, una guerra o un ciclón, puede haber hambre o sufrimiento a su lado, y él seguirá indiferente, sentado en la tierra jugando con un coche de madera o con una pelota de colores, como si no pasara absolutamente nada; y al final del día llegará el sueño tranquilo y sereno, y despertará en la mañana pensando en sus travesuras y en que forma se divertirá, ya que su única preocupación será el juego, que estimula su imaginación, creándose un mundo de fantasías que le es grato para él.

 

Un mundo que es distinto al de los adultos, porque su imaginación le brinda posibilidades mucho mas creativas, como aquella de convertirse en un famoso bandido, o en un superhéroe vengador. No hay duda que esa fantasía estará morando siempre en el mundo mágico del niño, para que en cualquier momento su imaginación, aunque ilusoria, lo transforme en Superman o en el Pirata Barba Azul, para que goce con las picardías como el Lazarillo de Tormer, o se inmiscuya y tome parte en las aventuras de Peter Pan, “aquel niño eterno que no quiere crecer, que habla con los animales, que escucha a los duendes, y que conoce el mundo secreto que se esconde tras la realidad”.

 

A lo largo de la historia, desde muy remotos tiempos el niño ha sido actor y protagonista fantasioso en el desarrollo de la literatura infantil, como en “Los Cuentos del Pasado”del francés Charles Perrault, publicados en le año 1.697, en Los Viajes de Simbad el Marino, en Aladino y la Lámpara Maravillosa, y en otros relatos de Las Mil y Una Noches; en Las Aventuras de Tom Sawyer, Los viajes de Gulliver, Las aventuras de Harry Potter el aprendiz de mago, Los cuentos de Robinson Crusoe, etc., etc., destacando dentro de esta tendencia fantástica el cuento de Lewis Carol: Alicia en el País de las Maravillas, considerado por algunos como un libro único en el que se presenta una mezcla muy original de lógica y fantasía.

 

En el siglo XIX que había comenzado poniendo al alcance de los niños un mundo mágico poblado de duendes, hadas, fantasmas y brujas, terminó ofreciéndoles una narrativa novelesca de ciencia ficción como la de Julio Verne, que se anticipó a los adelantos científicos de la época; y porqué no? a los sorprendentes descubrimientos contemporáneos.

 

En el decurso del siglo XXI, observamos merced al cine y la televisión, en los cómics de revistas y periódicos o en sofisticados juguetes, a seres fabulosos y fantásticos como Rambo, Spiderman, Hule, Capitán América, Poweman, etc., o a los personajes irreales o imaginarios de El Señor de los Anillos o de La Guerra de las Galaxias, a quienes nuestros niños en sus juegos, han tratado de emular.

 

Dejando a un lado lo imaginativo y lo fantástico, retornaremos a la realidad.

Debemos saber y tenemos que aceptar que los niños vienen en tamaños, pesos y colores surtidos. Se los encuentra donde quiera: encima, debajo, dentro, fuera, trepando, colgando, corriendo, saltando. Las mamás los adoran, las niñitas los odian, las hermanas y los hermanos mayores los toleran, los adultos los desconocen ... y el cielo los protege.

 

Un niño es la verdad con la cara sucia, la sabiduría con el pelo desgreñado, la esperanza del futuro ... con una rana en el bolsillo. Un niño tiene el apetito de un elefante, la digestión de un tragaespadas , la energía de una bomba atómica, la curiosidad de un gato, los pulmones de un dictador, la imaginación de Julio Verne, la intrepidez de Trazan, y la audiacia de un conquistador.

 

Le encantan los  dulces, las navajas, las sierras, la navidad los libros con láminas, el chico de los vecinos, el campo , el agua en su estado natural, los animales grandes, papá, los trenes, los domingos por la mañana, los carros de bomberos.


Le desagradan las visitas, la doctrina, la escuela, los libros sin dibujos, las lecciones de música, las corbatas, los peluqueros, las muchachas, los abrigos, los adultos, y la hora de acostarse.

 

Nadie más se levanta tan temprano ni se sienta a comer tan tarde. Nadie màs puede embutirse en el bolsillo un cortaplumas oxidado, una fruta mordida, medio metro de cordel, un saquito de tabaco vacío, dos caramelos, seis centavos, una honda, un trozo de sustancia desconocida, y un autentico anillo supersónico con un comportamiento secreto.

 

Un niño es una criatura mágica. Usted puede cerrarle la puerta del cuarto donde guarda las herramientas, pero no puede cerrarle la puerta de su corazón. Puede echarlo de su estudio, pero no puede echarlo de su mente. Todo el poderío suyo se rinde ante él; es su carcelero, su amo, su jefe. Es un manojito de ruidos con la cara sucia.

Pero cuando usted llega a su casa por la noche, con sus esperanzas y sus ambiciones hechas pedazos, él puede remediarlo todo con dos mágicas palabras: “ Hola Papito !! ”

Dr César Martinez Vélez
Médico Pediatra
Editor de la Revista : Pediatría Morlaca
Cuenca – Ecuador


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